La conocida primatóloga Jane Goodall se quedó horrorizada cuando las chimpancés Passion y Pom, madre e hija, atacaron a otra hembra con su cría de tres semanas, para arrebatársela, darle un mordisco mortal en el cráneo, y posteriormente practicar canibalismo. El comportamiento de las dos hembras asesinas de la selva de Gombé, en Tanzania, se repitió cuatro veces más en los años 70, hasta que Goodall decidió intervenir gritando y lanzando piedras para evitarlo. La primatóloga fue la primera persona en observar ese comportamiento tan violento entre hembras, y creyó que la pareja infanticida tenía alguna patología.
Pero 30 años después, biólogos de la Universidad de St Andrews, en Escocia, han descubierto que el infanticidio provocado por hembras entre los chimpancés podría formar parte del comportamiento social de estos primates tan evolucionados y tan próximos al Homo sapiens.
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La huella del trauma en babuinos y humanos
Los primates humanos somos unos seres que venimos al mundo con una mente flexible y sumamente plástica. Esto conlleva ventajas e inconvenientes al mismo tiempo. Por un lado nos hace muy sensibles a lo que nos pasa, pero también nos permite aprender acerca de todo lo que nos rodea y adaptarnos a casi cualquier situación. Esto implica que nuestra infancia está orientada a absorber, entrenar y poner en marcha todo nuestro potencial como seres humanos que somos. Ahí radica la fuerza y debilidad de lo mucho que dura en nuestro orden de especies esta primera fase de la vida.
Aunque el proceso nunca se detiene esta época es de especial importancia. Son cientos los estudios que relacionan los traumas de la infancia con la supervivencia. Se trata de un periodo sensible en todos los sentidos. Por ejemplo, en humanos sabemos que problemas de abuso, maltrato o rechazo aumentan las probabilidades de padecer diabetes, problemas de corazón u otras enfermedades en el futuro. Pero también interfieren en la interacción con otras personas o en el desarrollo de su afectividad. Las consecuencias condicionan nuestra salud física y emocional cuando somos adultos, incluso cuando los sucesos ya no ocurren y el estrés ha desaparecido.
El ‘ojo vigilante’ de dios facilitó la aparición de sociedades complejas
Nadie ha demostrado nunca que exista un dios omnisciente, que tiene preferencias morales y que puede castigarnos si no las seguimos. Sin embargo, la creencia en un ser supremo condiciona la vida de cientos de millones de seres humanos en todo el mundo, que realizan todo tipo de esfuerzos para satisfacerlo. Y este peculiar comportamiento ha podido desempeñar un papel clave en la evolución de las sociedades humanas.
El antropólogo británico Robin Dunbar, padre de la hipótesis del cerebro social, calculó que el límite superior para los grupos humanos es de 150 individuos. Esta cifra se corresponde con las dimensiones de los grupos de cazadores recolectores, con el de las comunidades agrícolas e incluso con la cantidad de amigos que realmente podemos gestionar en Facebook. Sin embargo, las sociedades humanas han logrado superar por mucho ese nivel de complejidad y hay ejemplos de cooperación y sacrificio extremos, como el de los combatientes que dan su vida en guerras por millones de compatriotas desconocidos.
El primer ‘asesinato’ entre orangutanes
Pasado el mediodía del 13 de julio de 2014, la primatóloga Anna Marzec presenció un acontecimiento tan excepcional como desagradable. En medio de las selvas de Borneo, una hembra adulta de orangután llamada Sidony sufrió una brutal paliza que terminaría costándole la vida. Sus atacantes, la hembraKondor y el macho Ekko se convertían en los primeros asesinos de su especie observados por la ciencia, en un brutal episodio con truculentas ramificaciones.
Este tipo de violencia extrema ya se había descubierto en chimpancés hace cuatro décadas, cuando Jane Goodall nos contó el sangriento conflicto que se desató entre dos clanes tras la matanza de Godi. Pero nada hacía sospechar que algo así pudiera suceder entre orangutanes, y con las hembras como principales protagonistas: un ataque coordinado que provoque la muerte de una orangutana adulta..
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Alianzas de hembras frente a machos agresivos
En el pasado, muchos pensadores sin escrúpulos quisieron encontrar en la naturaleza y otras tribus humanas argumentos con los que justificar la violencia machista y la dominación del hombre sobre la mujer, haciéndolo pasar como algo instintivo. Según este punto de vista, se trata de un impulso difícil del que liberarnos. Estas justificaciones las encontraron concretamente en los papiones o babuinos, una especie que es especialmente violenta pero que jamás mata a sus consortes, como sí hacemos los seres humanos.
En algunas tribus humanas también encontraron justificación. Pero pronto aparecieron estudios sobre sociedades, como los Aché de Paraguay, donde las mujeres cazan incluso estando embarazadas, lo que les proporciona un estatus considerable. Afortunadamente, estas tesis de descalificación de la mujer fueron cayendo poco a poco en el olvido.
Es cierto que en las relaciones entre animales existe cierto nivel de agresividad en momentos de tensión, tanto entre miembros del mismo sexo como entre machos y hembras. Sería absurdo negarlo. Además, en ausencia de un lenguaje verbal tan explícito como el habla humano, enseñar los dientes, enfadarse, empujar o propinar pequeños mordiscos es la manera en la que unos negocian su posición con otros, hembras incluidas. Es el modo de decir no más universal, presente en niños también. Pero nosotros sí poseemos ese lenguaje tan complejo que nos permite decir NO claramente. En este sentido, el conflicto cumple un objetivo claro: devolver el equilibrio a las partes que mantienen diferencias entre sí.
La 'cultura' de los chimpancés
ETOLOGÍA El estudio permitirá entender el aprendizaje en los primeros homínidos
La 'cultura' de los chimpancés

Un chimpancé utilizando una esponja de musgo.
Los etólogos llevan décadas especulando sobre la posible existencia de 'culturas' diversas entre las poblaciones de chimpancés. Sin embargo, hasta ahora no se habían encontrado pruebas directas que demostraran la transmisión social de conocimientos entre los parientes más cercanos del ser humano.
Los etólogos llevan décadas especulando sobre la posible existencia de 'culturas' diversas entre las poblaciones de chimpancés. Sin embargo, hasta ahora no se habían encontrado pruebas directas que demostraran la transmisión social de conocimientos entre los parientes más cercanos del ser humano.
El estudio publicado este martes en la revista PLos Biology es la primera evidencia de aprendizaje social registrada en la naturaleza, un comportamiento que puede definirse como 'cultural'. "Tuvimos un golpe de suerte al estar en el lugar correcto en el momento adecuado para documentar la aparición y propagación de dos conductas novedosas de uso de herramientas, algo extraordinariamente raro en la naturaleza", explica una de las autoras de la investigación, la doctora Catherine Hobaiter, pues en la mayoría de los casos "es difícil saber cómo se originan y se propagan los conocimientos dentro de un grupo".
Ver la noticia completa en El Mundo.
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